Alma de Cristo
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén
A Jesucristo
Dulcísimo Señor Jesucristo, te ruego que tu Pasión sea virtud que me fortalezca, proteja y defienda; que tus llagas sean comida y bebida que me alimente, calme mi sed y me conforte; que la aspersión de tu sangre lave todos mis delitos; que tu muerte me dé la vida eterna y tu cruz sea mi gloria sempiterna. Que en esto encuentre el alimento, la alegría, la salud y la dulzura de mi corazón. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Oración de San Buenaventura
Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío, la médula de mi alma con el suavísimo y saludabilísimo dardo de tu amor; con la verdadera, pura y santísima caridad apostólica, a fin de que mi alma desfallezca y se derrita siempre sólo en amarte y en deseo de poseerte: que por Ti suspire, y desfallezca por hallarse en los atrios de tu Casa; anhele ser desligada del cuerpo para unirse contigo. Haz que mi alma tenga hambre de Ti, Pan de los Angeles, alimento de las almas santas, Pan nuestro de cada día, lleno de fuerza, de toda dulzura y sabor, y de todo suave deleite. Oh Jesús, en quién se desean mirar los Angeles: tenga siempre mi corazón hambre de Ti, y el interior de mi alma rebose con la dulzura de tu sabor; tenga siempre sed de Ti, fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, río de luz eterna, torrente de delicias, abundancia de la Casa de Dios: que te desee, te busque, te halle; que a Ti vaya y a Ti llegue; en Ti piense, de Ti hable, y todas mis acciones encamine a honra y gloria de tu nombre, con humildad y discreción, con amor y deleite, con facilidad y afecto, con perseverancia hasta el fin: para que Tú sólo seas siempre mi esperanza, toda mi confianza, mi riqueza, mi deleite, mi contento, mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad, mi paz, mi suavidad, mi perfume, mi dulzura, mi comida, mi alimento, mi refugio, mi auxilio, mi sabiduría, mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Amén.
Gracias, Amabilísimo Jesús
Gracias, amabilísimo Jesús; gracias infinitas te sean dadas por el inmenso beneficio que acabas de hacerme al venir a mí y dignarte entrar en la pobre morada de mi corazón. ¿De dónde a mí tanta dicha? Te contemplo en los brazos de mi alma como el anciano Simeón y, lleno de gozo por tan divino tesoro, exclamo con él: «Ahora, Señor, puedo morir en paz», porque he alcanzado la mayor felicidad que puede lograrse en este mundo.
¿Qué gracias podré darte por este don que no solo contiene todas las gracias, sino al Autor mismo de ellas? ¡Oh ángeles santos, alaben todos al Señor y denle gracias por mí! ¡Oh santos del cielo y justos de la tierra, ayúdenme a agradecer a Dios tan grande favor!
¡Oh Virgen Santísima! Tú, que supiste corresponder con tanta perfección a los dones singulares que Dios te concedió, haz que yo también sepa corresponder y darle las debidas gracias; y ya que me es imposible hacerlo como mereces, dáselas Tú por mí.
Quisiera, Dios mío, que todas las criaturas del cielo y de la tierra te dieran gracias por mí; pero sé que ni aun así sería una respuesta digna. Por eso me ofrezco a Ti con todo mi cuerpo y mi alma, con mis potencias y sentidos, para que en adelante pueda decir siempre con el apóstol san Pablo: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí». Dios mío, desde hoy quiero ser siempre tuyo; adórname, como a cosa tuya, con las virtudes que necesito para amarte y servirte con mayor perfección.
Al verte hospedado en mi alma, me lleno de admiración y asombro; y, como Magdalena, no dejo de contemplar tus infinitas misericordias. ¿Qué viste en mí para venir? ¿Virtudes? Estoy desnudo de ellas. ¿Méritos? Soy un pobre pecador. ¿Qué te movió entonces, Bien mío? Ya lo sé: mis miserias y necesidades, que te mueven a compasión. ¡Qué bueno eres, Dios mío! Permíteme abrazar tus santísimos pies y regarlos con lágrimas de ternura y amor. No me apartaré de Ti hasta que, como a Magdalena, me concedas el perdón pleno de mis pecados y me des tu santa bendición.
¡Cuánto te amo, Dios mío! ¡Qué dolor no haberte amado siempre! Al recordar que me atreví a ofenderte, se cubre mi rostro de vergüenza y un profundo dolor hiere mi corazón. Quisiera borrar mis culpas con mi propia sangre. Desearía que los días en que te ofendí no se contaran entre los años de mi vida. Pero en adelante —cielos y tierra, sean testigos de mi decisión— no volveré a ofenderte y, con tu gracia, te amaré con todo mi corazón.
No solo eso, Señor, sino que procuraré que todos te amen y que nadie te ofenda. Y ahora que te contemplo sentado en mi corazón como en un trono de misericordia, dispuesto a concederme gracias, te pido:
1º Convierte a todos los pobres pecadores. No permitas que sigan cayendo de abismo en abismo.
2º Concede a los justos la perseverancia final en tu santo servicio. ¿De qué serviría un buen comienzo sin un buen final?
3º Libera a las benditas almas del purgatorio y llévalas a tu gloria. Tú sabes cuánto te aman y cuánto te anhelan.
4º Concede a mis padres, amigos y bienhechores las gracias que necesiten.
5º Haz que tu Iglesia triunfe en todas partes y que nuestra nación prospere en el bien.
6º Bendice a todos aquellos por quienes debo orar.
Concédenos a todos tu divina gracia, tu santo amor y tu santo temor, y finalmente la gloria eterna, donde vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo.
Amén.
Acto de fe
¡Señor mío Jesucristo!, creo que verdaderamente estás dentro de mí con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y lo creo más firmemente que si lo viese con mis propios ojos.
Acto de Adoración
¡Oh Jesús mío!, te adoro presente dentro de mí, y me uno a María Santísima, a los Angeles y a los Santos para adorarte como mereces.
Acto de Acción de Gracias
Te doy gracias, Jesús mío, de todo corazón, porque has venido a mi alma. Virgen Santísima, Angel de mi guarda, Angeles y Santos del Cielo, dad por mi gracias a Dios.
A Jesús crucificado
Mírame, ¡oh mi amado y buen Jesús!, postrado en tu presencia: te ruego, con el mayor fervor, imprimas en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y firmísimo propósito de jamás ofenderte; mientras que yo, con el mayor afecto y compasión de que soy capaz, voy considerando y contemplando tus cinco llagas, teniendo presente lo que, de Ti, oh buen Jesús, dijo el profeta David: “Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos.” (Salmo 21, 17-18)
Gracias Señor, por la Eucaristía…
Gracias Señor, porque en la última cena partiste tu pan y vino en infinitos trozos, para saciar nuestra hambre y nuestra sed…
Gracias Señor, porque en el pan y el vino nos entregas tu vida y nos llenas de tu presencia.
Gracias Señor, porque nos amaste hasta el final, hasta el extremo que se puede amar: morir por otro, dar la vida por otro.
Gracias Señor, porque quisiste celebrar tu entrega, en torno a una mesa con tus amigos, para que fuesen una comunidad de amor.
Gracias Señor, porque en la eucaristía nos haces UNO contigo, nos unes a tu vida, en la medida en que estamos dispuestos a entregar la nuestra…
Gracias, Señor, porque todo el día puede ser una preparación para celebrar y compartir la eucaristía…
Gracias, Señor, porque todos los días puedo volver a empezar…, y continuar mi camino de fraternidad con mis hermanos, y mi camino de transformación en ti…
Gracias, ¡Jesús mío!
Oh Jesús, acabo de recibirte en esta santa Comunión. Es verdad que no puedo verte con mis ojos, pero creo firmemente en tu presencia divina. Soy tu sagrario. Ya no apareces bajo la forma de pan; te has ocultado en mi cuerpo. Has dejado la lamparita del sagrario para buscar las llamas de amor de mi corazón. Has salido del silencio del copón para escuchar las dulces palabras de mi alma, llena de amor por Ti.
Oh Jesús, dime, ¿no te sientes un poco desilusionado? En lugar de un corazón ardiente de amor, encuentras apenas una débil llama de afecto. Lo único que puedo decirte, oh Jesús, es: gracias, mil gracias te doy, amado Jesús mío.
¡Qué bueno eres, Jesús! Si tuviera que tratar con personas, necesitaría palabras para expresar mis sentimientos, porque ellas no entienden el lenguaje del corazón. Pero Tú, Jesús mío, conoces mi corazón mejor que yo. Ves muy bien cuán feliz me siento por haberte recibido. Sabes que me faltan palabras para expresarte mi gratitud.
Recoge, Jesús mío, todos mis sentimientos y enciérralos en la herida de tu dulcísimo Corazón. ¡Te doy gracias, buen Jesús! Soy tan feliz en este momento. Mira, si encuentras algo bueno o hermoso en mi alma, es para Ti. Si hallas un poco de buena voluntad, deseos de santidad, alguna virtud, algún sacrificio, una lágrima escondida de arrepentimiento, todo es tuyo; acéptalo como muestra de gratitud.
Te doy gracias, buen Jesús. Toda mi gratitud se resume en estas palabras. Antes creía que tenía mucho que decirte y ahora no logro pronunciar palabra. Pero Tú no esperas de mí frases hermosas ni pensamientos profundos. Solo quieres que te ofrezca todas las facultades de mi alma y todos los afectos de mi corazón. Te doy gracias, Señor, y te amo, buen Jesús.
¡Gracias, Jesús! ¡Qué feliz me siento! Ayer cometí muchas faltas. Me pesaban en el corazón. Me parecía que estabas triste, buen Jesús. No encontraba paz completa. Pero esta mañana, desde que entraste en mi alma, todo cambió. Una dulce paz ha llenado mi interior. Cuánto te agradezco, dulcísimo Corazón de Jesús.
Oh dulce Huésped de mi alma, te has entregado todo a mí; ahora yo me entrego todo, sin reserva, a Ti. Me has dado tu alma santísima, y yo te doy la mía, aunque pobre y llena de defectos. Tal vez aún me queden años de vida. Si quieres acortar el tiempo de mi destierro, lo acepto con gusto de tu mano paternal. Gozo de buena salud; dispón de ella según tu santa voluntad y para tu mayor gloria. Soy pobre, pero Tú, Rey de amor, aceptas con agrado nuestros pequeños dones cuando vienen de un corazón humilde y agradecido. Todo lo bueno que tenga, todo lo que posea espiritual y materialmente, te lo ofrezco con alegría y sin reservas.
Debo marcharme ahora, Jesús amado. Dejo tu sagrario porque me llamas a otra parte. Adiós, Jesús. Hasta mañana. Volveré con un corazón más sediento de amor por Ti. Y Tú me darás de nuevo esa paz inefable, anticipo de la felicidad eterna del cielo.
Una palabra más, amado de mi alma: por el amor inmenso que te hace prisionero en mi corazón, concédeme la gracia de que la comunión de mañana sea más fervorosa que la de hoy. Dame esta gracia cada día. Así seré cada vez más santo, más perfecto y te amaré con mayor ardor. Abre tus tesoros y adorna mi alma con la belleza de la tuya. Gracias, buen Jesús.
Alabanza, adoración, amor y gratitud sean dados en todo momento y en todos los sagrarios del mundo al Sagrado Corazón de Jesús, hasta el fin de los siglos.
Así sea.
¡Bendito sea el Sacratísimo Corazón eucarístico de Jesús!
¡Corazón de Jesús, en Ti confío!
Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.
A la Santísima Virgen
Oh María, Virgen y Madre Santísima, he recibido a tu Hijo amadísimo, que concebiste en tus inmaculadas entrañas, criándolo y alimentándolo con tu pecho, y lo abrazaste amorosamente en tus brazos. Al mismo que te alegraba contemplar y te llenaba de gozo, con amor y humildad te lo presento y te lo ofrezco, para que lo abraces, lo ames con tu corazón y lo ofrezcas a la Santísima Trinidad en culto supremo de adoración, por tu honor y por tu gloria, y por mis necesidades y por las de todo el mundo. Te ruego, piadosísima Madre, que me alcances el perdón de mis pecados y gracia abundante para servirte, desde ahora, con mayor fidelidad; y por último, la gracia de la perseverancia final, para que pueda alabarle contigo por los siglos de los siglos. Amén.
A San José
Custodio y padre de vírgenes, San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las vírgenes, María. Por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María, te ruego y te suplico me alcances que, preservado de toda impureza, sirva siempre con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén.
Oración Universal Atribuida al Papa Clemente Xi
Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor.
Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi último fin; te alabo porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.
Te ofrezco, Señor mis pensamientos, para que se dirijan a Ti; te ofrezco mis palabras, para que hablen de Ti; te ofrezco mis obras, para que todo lo haga por Ti; te ofrezco mis penas, para que las sufra por Ti.
Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, quiero como lo quieras Tú y durante todo el tiempo que lo quieras Tú.
Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que inflames mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi alma.
Ayúdame a apartarme de mis pasadas iniquidades, a rechazar las tentaciones futuras, a vencer mis inclinaciones al mal y a cultivar las virtudes necesarias.
Concédeme, Dios de bondad, amor a Ti, odio a mí, celo por el prójimo, y desprecio a lo mundano.
Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, ser comprensivo con mis inferiores, saber aconsejar a mis amigos y perdonar con mis enemigos.
Que venza la sensualidad con con la mortificación, con generosidad la avaricia, con bondad la ira; con fervor la tibieza.
Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor frente a los peligros, paciencia en las dificultades, humildad en la prosperidad
Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos.
Ayúdame a conservar la pureza de alma , a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mis conversaciones y a llevar una vida ordenada.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener la salvación.
Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura.
Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el paraíso.
Por Cristo nuestro Señor. Amén.
Salmo 150
Gloria al Padre…
Antífona. Cantemos el himno de los tres jóvenes, el que los
santos cantaban en el horno encendido alabando al Señor
R.: Aleluya.
Todos se ponen de pie y quien dirige el rezo dice:
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Padre nuestro.
V. Y no nos dejes caer en la tentación.
R. Mas líbranos del mal.
V. Que te alaben, Señor, todas tus obras.
R. Y que tus santos te bendigan.
V. Se regocijarán los santos en la gloria.
R. Y se alegrarán en sus moradas.
V. No a nosotros, Señor, no a nosotros.
R. Sino a tu nombre da la gloria.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y que llegue a Ti mi clamor.
Los sacerdotes añaden:
Oremos:
Oh Dios, que mitigaste las llamas del fuego para los tres jóvenes, concédenos benignamente a tus siervos que no nos abrase la llama de los vicios.
Te rogamos, Señor, que prevengas nuestras acciones con tu inspiración y que las acompañes con tu ayuda, para que así toda nuestra oración y obra comience siempre en Ti, y por Ti se concluya.
Danos, te lo pedimos, Señor, poder apagar las llamas de nuestros vicios, Tú que le concediste a San Lorenzo vencer el fuego que le atormentaba. Por Cristo nuestro Señor.
Cántico de los tres jóvenes
“Un ángel del Señor bajó adonde estaban Azarías y sus compañeros, expulsó las llamas fuera del horno, metió dentro un viento húmedo que silbaba, y el fuego no los atormentó, ni los hirió, ni siquiera los tocó.
Entonces los tres, al unísono, cantaban himnos y bendecían y glorificaban a Dios en el horno…”
Dn 3, 49-50
Antifona. Cantemos el himno de los tres jóvenes, el que los santos cantaban en el horno encendido alabando al Señor.
R.: Aleluya.
(No se dice Gloria … ni Amén.)