«Entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista.»
Mateo 11,11
Juan no buscó que los hombres lo siguieran a él. Toda su vida tuvo una sola dirección: preparar el corazón de los hombres para encontrarse con Cristo.
Vivió en el desierto, llamó a la conversión, señaló al Mesías cuando llegó y permaneció fiel a la verdad incluso cuando esa fidelidad le costó la vida.
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Llamó a la conversión y preparó los corazones para recibir al Mesías.
Vivió sin depender de los poderes de este mundo para poder hablar con libertad.
Su austeridad expresaba una vida orientada enteramente hacia Dios.
Dijo la verdad a todos, incluso al poderoso, y permaneció fiel hasta el final.
No quiso ocupar el centro. Su misión era conducir a otros hacia el Mesías.
Su martirio confirmó con la vida aquello que había anunciado con su palabra.

Juan llamó a la conversión y preparó los corazones para recibir al Mesías.
PARA NUESTRA VIDA
¿Qué necesito cambiar para dejar que Cristo entre verdaderamente en mi vida?
COMPRENDER SU MISIÓN →

Juan vivió sin depender del poder, la comodidad o el reconocimiento. Esa libertad le permitió hablar sin miedo.
PARA NUESTRA VIDA
¿Qué cosas me impiden vivir y expresar mi fe con libertad?
DESCUBRIR SU LIBERTAD →

Juan no sólo predicó la conversión: la vivió. Su austeridad mostraba un corazón orientado hacia Dios.
PARA NUESTRA VIDA
Antes de señalar a los demás, ¿qué necesita conversión dentro de mí?
APRENDER DE SU PENITENCIA →

Juan dijo la verdad a todos, incluso a Herodes. No cambió su mensaje por miedo a las consecuencias.
PARA NUESTRA VIDA
¿Soy fiel a la verdad también cuando decirla tiene un costo?
CONOCER SU VALENTÍA →

Juan reunió discípulos, pero no quiso retenerlos. Cuando llegó Jesús, los condujo hacia Él.
PARA NUESTRA VIDA
Cuando sirvo, enseño o ayudo a otros, ¿quiero que descubran a Cristo o que me reconozcan a mí?
DESCUBRIR SU HUMILDAD →

Juan permaneció fiel a la verdad aun en prisión y frente a la muerte. No negoció sus convicciones.
PARA NUESTRA VIDA
¿Seguiría siendo fiel a Cristo si hacerlo tuviera un costo?
CONOCER SU MARTIRIO →

Juan fue hijo de Zacarías e Isabel. Su nacimiento fue anunciado antes de que naciera y su misión estaría ligada desde el principio a preparar un pueblo para el Señor.

Juan se retiró al desierto. Su forma de vivir expresaba desprendimiento, austeridad y dependencia de Dios. El desierto se convirtió también en expresión de su libertad frente a los poderes de su tiempo.

A orillas del Jordán llamó al pueblo a reconocer sus pecados y volver a Dios. No bastaba pertenecer al pueblo elegido. Era necesario convertir el corazón.

Cuando llegó Jesús, Juan señaló a aquel para quien había preparado el camino. Su misión comenzaba a cumplirse: ya no se trataba de que miraran a Juan, sino de que reconocieran a Cristo.

La misma libertad con la que había hablado en el desierto lo llevó a denunciar también el pecado de Herodes. Juan fue encarcelado, pero la prisión no consiguió cambiar su palabra.

Finalmente fue decapitado por orden de Herodes. Su muerte no fue un episodio aislado. Fue la culminación de una vida de desprendimiento, penitencia, libertad y fidelidad a Dios.
Juan es la voz. Cristo es la Palabra.
Juan no era el mensaje. Era la voz que anunciaba a quien venía.
No era la luz. Daba testimonio de la luz.
No era el Mesías. Preparaba su camino.
Su grandeza está precisamente en haber comprendido su misión y no querer ocupar el lugar de Cristo.
Juan 3,30
Reconoce aquello que necesita conversión y pide a Dios la gracia de comenzar de nuevo.
Pregúntate de cuántas cosas dependes y qué podrías simplificar para vivir con mayor libertad interior.
Sé coherente con lo que crees, también cuando resulte incómodo.
Aprende a renunciar voluntariamente a algo bueno para recordar que ninguna cosa creada debe ocupar el lugar de Dios
En tus palabras, servicio y obras, ayuda a los demás a encontrarse con Jesús.
Permanece firme cuando vivir de acuerdo con tu fe tenga un costo.
Juan Bautista nos recuerda que el mejor servicio que podemos hacer a los demás es ayudarlos a encontrarse con Cristo.
Pero preparar el camino comienza también dentro de nosotros.
¿Qué necesita disminuir en mí para que Cristo pueda crecer?